Vocaciones pagadas

Posted on 2012/03/03

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Susana nos cuenta en su casa cerca de Guanajuato cómo la encarcelaron por un aborto natural en México.

Llevo desde las 8h dándole vueltas a este post y a cómo hablar de esto sin parecer un tertuliano, por eso voy a intentar hablar desde la experiencia personal y de casos que conozco directamente, para que sirva como base de un posible debate. Y para evitar herir sensibilidades profesionales, evitaré dar nombres en cuanto a ejemplos negativos y si los daré en los positivos. Hablemos desde una perspectiva constructiva y no desde una simple crítica despechada.

Del asunto que quiero hablar es del periodismo, y en concreto del fotoperiodismo, y de las dificultades para desarrollar esta profesión altamente vocacional en el páramo del trabajo remunerado en que se ha convertido este país (al que me referiré pseudocariñosamente como espáin).

Lo primero que quiero dejar claro es que, en mi caso, el fotoperiodismo no es vocacional, si así lo fuera creo que ya estaría intentando entrar en Siria, o acompañaría a Sylvain Cherkaoui en su aventura en Dakar o partiría hacia cualquier otro lugar lleno de historias urgentes y necesarias esperando ser contadas. Pero no, mi relación con el fotoperiodismo tiene mucho más de parasitaria que de simbiótica. Desde que empezaron a pagarme por hacer fotos, y además para ser publicadas en prensa, he utilizado esta profesión para vivir, viajar y conocer historias desde dentro, gracias al rol que la sociedad entiende que debe tener el (foto)periodismo, por el cual te abren las puertas de sus casas y sus vidas. Cuando hablo de relación parasitaria, pienso en gran parte en cómo he vivido esta profesión durante cinco años, siempre dejándome llevar hacia las historias por compañeros periodistas. Sobre todo pienso en Patricia Reguero Ríos, mi compañera en muchos aspectos, también en el ámbito profesional.

No sólo hemos trabajado juntos en prensa (semanal en nuestro caso) sino que también hemos intentado aprender otras formas de periodismo, como el reportaje, viajando a lugares como Bosnia, Guatemala o México, aunque curiosamente, el único reportaje que, hasta ahora, hemos conseguido publicar lo realizamos dentro de nuestro país. Quizás este intento de aprendizaje, mediante pruebas y (muchos) errores, lanzándonos a la aventura, a veces con ayuda, a veces de forma totalmente a ciegas, nos ha expuesto ante nuestras dudas profesionales de manera mucho más directa que si siguiéramos dentro de la burbuja de un contrato (pobremente) remunerado. En mi caso, me ha servido para entender que lo que me interesa del fotoperiodismo es su forma de contar historias reales, aunque la forma en que esto ocurre es algo sobre lo que se puede debatir mucho, para mí es importante la verdad, pero no tanto la forma en cómo llegamos a ella o la mostramos. De esto ya hablaré seguramente en el tumblr del proyecto que he iniciado este año sobre el pueblo donde vivo, Torrejón de Ardoz. Del último reportaje que estamos intentando publicar (sin éxito hasta hoy) son las imágenes que acompañan estas reflexiones, ambas de mujeres encarceladas por abortar, acusadas de asesinato en razón de parentesco, en el estado mexicano de Guanajuato.

Lo que más me preocupa de este aprendizaje no es mi punto de vista, sino el de Patricia y el de todas aquellas personas que tienen una vocación para la que, me temo, no hay nadie en este país con los medios suficientes y con un interés inquebrantable en sufragar y desarrollar de manera independiente la profesión del periodismo y mucho menos del fotoperiodismo.

Puede sonar duro y exagerado, pero no me lean a mi, lean las palabras de Samuel Aranda, el segundo World Press Photo español en toda la historia de espáin: “Los medios en España nunca han apostado mucho por el fotoperiodismo; tienen la idea de que la fotografía es para ilustrar un texto”. Lo dice un profesional que no solo ha tenido que irse fuera de país a buscar las historias, sino también para publicarlas, con excepciones como La Vanguardia, si, pero quien se ha preocupado de pagar un seguro médico, de proteger y de dar libertad de prensa a su fotoperiodista ha sido el New York Times, quizás por cosas como esta es uno de los mejores periódicos de mundo, o seguramente el mejor.

Con el ejemplo de Samuel Aranda, no sólo quiero lanzar una crítica hacia los medios españoles, también quiero expresar mi convicción de que el fotoperiodismo, y el periodismo en general, tienen mucho de oficios clásicos. No sólo se aprenden trabajando, sobre el terreno y a base de errores, sino que necesitan de un supervisor cualificado, un/a maestro/a, personificado/a en periodistas con experiencia que trabajen junto a ti, o en forma de editores o jefes de redacción que seleccionen tu trabajo y te señalen los aciertos (o te indiquen cómo llegar a ellos), sin que dejen de llamarte de un día para otro cuando no consigues la foto que pedían, o cuando aparecen los recortes de presupuesto, o en cuanto sospechan que no estás contento con tu situación laboral, la mayoría de las veces sin contrato ni seguridad a largo plazo.

Es preocupante conocer cada día más casos de profesionales que (crisis económicas mediante, del sector y de todo el país) se quedan sin trabajo o dejan de recibir llamadas de quienes hasta el día antes les exigían disponibilidad total. Incluso es aún más terrible darse cuenta que esto ya sucedía cuando no había crisis ni problemas económicos. Y no es una cuestión de falta de iniciativa por parte de quienes sienten la vocación, algunos casos nos llegan porque se convierten en noticia, muy a su pesar, como Manu Brabo o José Cendón, otros porque son amigos o conocidos muy cercanos, como Sylvain Cherkaoui, quien ya os he contado que se ha ido a cubrir las elecciones de Senegal, o como Olmo Calvo, David Fernández y Edu León, con su trabajo fronteras invisibles, o Gabriel Pecot, participando en el proyecto Hellas Hell, sobre la migración en Grecia, son solo tres ejemplos de profesionales que se han puesto a trabajar por su cuenta y riesgo en proyectos que en principio nadie les ha encargado, y con terrible seguridad, nadie (o casi nadie) les publicará de manera remunerada.

Podríamos entrar en debates sobre la utilidad del periodismo, y en si realmente quienes quieren vivir de esta profesión lo hacen por interés propio o por servicio a la sociedad, pero creo que sobre la incuestionable necesidad del periodismo sobran las palabras al saber que veinte personas dieron su vida en Siria por sacar del país a dos periodistas franceses heridos durante la represión genocida de Bashar Al-Assad. Y que, solo en 2011, asesinaron a 97 periodistas en todo el mundo por intentar ejercer esta profesión. El periodismo es necesario, y si los medios convencionales no sirven al interés de la sociedad, ya se encargará la propia sociedad de cubrir esta necesidad. Otra cuestión es si llegará la sociedad al nivel de la profesionalización, algo indispensable, en mi opinión, para obtener una información útil, de calidad, contrastada y veraz, pero además interesante y atractiva. Quizás sea el momento de abandonar toda esperanza en los medios tradicionales, por lo menos en espáin, y debamos empezar a establecer las bases de lo que intuyo serán el periodismo y fotoperiodismo profesionales de mañana o pasado mañana.

Por eso he querido ilustrar esta reflexión con los retratos de Yolanda (en portada) y Susana (encima de este texto) porque ellas nos contaron su terrible experiencia sintiendo que debían ser conocidas, y nosotros las registramos convencidos de que debían ser contadas. Si ningún medio se interesa por estas historias, tendremos que buscar la manera de transmitirlas sin esta intermediación. Es nuestra responsabilidad.

 

 

 

 

 

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