Cultura del libro fotográfico

Posted on 2013/03/06

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Después de 100 años de la existencia del Blues podemos hablar de una interiorización total y absoluta de sus ritmos y escalas en la cultura occidental, hasta el punto en que unos señores de Úbeda, Jaén, puedan hipnotizarnos con música blues que suena auténtica sin necesidad de provenir del sur de EEUU. La música popular, desprendida del yugo del amo/mecenas que predominó en la música de cámara, en la ópera y en toda música “culta” mantenida por las clases dominantes desde hace siglos, se ha convertido en masiva, en mayoritaria, también en un producto con sus plusvalías y derivas mercantilistas, de acuerdo, pero sobre todo en parte fundamental de la cultura occidental. Podríamos entrar en debates sobre si en otras sociedades fuera del dominio anglosajón ocurre de manera similar, como en Oriente Próximo, África o Asia, pero me voy a quedar en esta primera reflexión a sabiendas de su corto alcance para desviarme completamente de la música y buscar cierta analogía en lo que se supone que mueve este blog, la fotografía.

La popularización de la fotografía, al igual que con la música, no solo es un hecho positivo a largo plazo por su carácter enriquecedor, además nos permite conocernos mejor como sociedad, y me voy a fijar en uno de los formatos de moda a la hora de comunicar fotografías. Cómo no, el libro de fotografía.

De todos los formatos actuales, el que está revelándose como el más eficaz a la hora de transmitir un mensaje fotográfico está siendo el libro, y no es casualidad, por algo llevamos siglos de desarrollo cultural alrededor y sobre este formato. Desde nuestra infancia aprendemos a conocer el mundo y a nosotros mismos a través de libros, y cuanto más pequeños somos más visuales son éstos. No es de extrañar que a edades mucho más maduras nos sintamos totalmente cómodos hojeando libros llenos de imágenes, desde los 3 o 4 años hemos aprendido a leer libros de esta manera. Y esto nos lleva a plantearnos si nuestra generación es la más preparada para dar el salto a otros formatos, como el libro electrónico o la web, pues debemos tener en cuenta que, pese a las modas dominantes actuales sobre soportes digitales o internet, solo llevamos una década, a lo sumo dos, en contacto con estas nuevas formas de comunicación, es más, ni siquiera nos han criado de forma natural con ellas. Seguramente, a las siguientes generaciones les resulte tan cómodo y normal expresarse con dichos formatos, que no tendrán que hacer apenas esfuerzos para entenderlos y dominarlos, pero no es nuestro caso, a nosotros nos cuesta, tenemos que poner mucho de nuestra parte para comprender y manejar sin torpeza el lenguaje propio de estas nuevas tecnologías. Lo cual no quiere decir que por ello debamos abandonarlas y volver con cierta derrota a los libros, por supuesto, nuestras cabecitas son flexibles y adaptables, pero no nos engañemos, dentro de pocos años habrá miles de jóvenes que nos pasarán por encima sin ni siquiera tener que tomarnos como referencia para hacer progresar estos nuevos formatos.

Primera sesión del photobookclub Toledo - Paco Navamuel

Primera sesión del photobookclub Toledo – Paco Navamuel

Tampoco está de más intentar no quedarnos atrás, no desconectar por completo de esta nueva ola, corremos el riesgo de quedar aislados por nuestro desconocimiento en tan solo unos años, pero es de comprender esta moda cada vez más creciente sobre los libros de fotografía. Hemos intentado dar el salto a lo digital en muchos aspectos de nuestra cultura, y creo que no deja de ser un salto artificial para nuestra generación. Hemos crecido mirando, tocando e incluso oliendo libros, revistas y periódicos, inconscientemente seguimos deseando tener esta experiencia todavía. Y se da el caso de que el mundo de los libros de fotografía, por cuestiones más relacionadas con la industria, aún no se había popularizado, ni en la fabricación ni en la distribución. El abaratamiento de costes, pudiendo imprimir un solo ejemplar por menos de 40 euros desee cualquier rincón del planeta (más gastos de envío, claro), sumado al acceso casi universal a internet (en occidente, por lo menos), lo que convierte cada ordenador conectado a un servidor en una distribuidora en potencia, todo esto unido a una particularidad respecto a otras formas de expresión cultural (como es la música con toda una industria propia, un negocio en recesión y mutando cada día), pues nunca ha habido una forma de negocio extendida y popularizada en torno a los libros de fotografía, aunque sí haya existido cierta industria cultural basada en la fotografía en forma de revistas, como Life o National Geographic, éstas tenían en su favor la ausencia de otras vías de comunicación visual más eficaces y baratas hasta la llegada de internet, pero estas revistas no tenían la peculiaridad de los libros de fotografía más interesantes de la actualidad, eran contenedores más o menos interesantes de fotos, pero estandarizados, y un libro de fotografía, en su variante más interesante, está diseñado y producido en base a sus imágenes contenidas.

Por todo esto, creo que es el mejor momento para los libros de fotografía, para difundirlos, para hablar de ellos, para pensarlospara criticarlos y para crearlos. Quizás en unas décadas no quede nadie interesado en este formato, pero mientras nuestra generación y las anteriores sigamos por aquí, dudo mucho que las nuevas tecnologías nos proporcionen tanto placer como un libro lleno de imágenes.

Y si no me creéis, mirad lo que está pasando con los PhotobookClub en todo el mundo, por fijarnos en un aspecto nada comercial ni interesado de esta nueva ola.

Este texto no habría tenido lugar sin las largas conversaciones con entusiastas de los libros de fotografía como Ana Zaragoza, Lu  Lantana,  las jornadas organizadas por Colectivo Zunder y Nacho Navas en Matadero Madrid, las tertulias del photobookclub Madrid, las charlas coordinadas por Bonifacio Hinojosa en la Central del MNCARS, por no hablar de mis compañerxs y profesores del curso de libros de fotografía de la escuela BlankPaper, con quienes llevo meses compartiendo clase.

Como apéndice, quizás hable otro día sobre la necesidad de imprimir libros de fotografía. Por un lado puede parecer un gesto de poca responsabilidad ecológica, aunque está por ver qué pasa con el reciclaje y la necesidad energética de todos los dispositivos que utilizamos para conectarnos a internet, y por otro, la enorme obsolescencia de los soportes digitales, que comparados con un libro impreso quedan en muy mal lugar. Dentro de unos años (o quizás ya esté pasando), aquello que no se imprima puede no exista a largo plazo. Otro debate nada fácil es averiguar qué es lo que merece existir a largo plazo.

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Posted in: Fotolibros