¿Es posible un cambio constructivo en el fotoperiodismo?

Posted on 2017/08/21

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Llevo unos días en tensión, un nudo en el estómago que no se deshace. Empezó con el atentado en Las Ramblas de Barcelona, que me llegó por el móvil mientras pasaba la tarde con mi familia en un pueblo en fiestas. Mi hija quería ir a jugar a las colchonetas y yo no podía parar de pensar en la violencia de un acto así, en si conocería a alguna de las víctimas, en cómo iba a afectar esto al racismo y la intolerancia tan extendidas por todas partes, etc. Y entre todas esas dudas, volvió a pasar algo que empieza a ser la práctica habitual cuando hay sucesos violentos, empezaron a circular por redes sociales imágenes y vídeos de violencia explícita sobre la noticia.

En no pocas ocasiones he optado por no mirar el móvil, tratar de desconectar. La primera vez que lo hice fue con la muerte de Aylan (su nombre real era Alan Kurdi). En aquella ocasión, mi hija aún no había nacido pero quedaban un par de semanas para que lo hiciera. Estaba muy receptivo a cualquier cosa relacionada con bebés desde hacía meses y realmente no estaba preparado para un golpe así a mi imaginario. Hacía mucho tiempo que, además, trataba de no consumir imágenes violentas de ningún tipo, y de vez en cuando me encontraba con alguna y puedo asegurar que el efecto de anestesia, o la costumbre, o como lo queramos llamar, funciona, y cuanto desconectas, vuelves a ser un poco más receptivo y susceptible, por lo menos en mi caso.

En el caso de Aylan, mi reacción fue la de pedir que no se compartiera esa imagen, no causar más daño con ella. Por lo menos, no a quienes no nos tienen que convencer de que hay que ayudar a las personas migrantes a tener un pasaje seguro, a no dejarlas morir en el mar o en cualquier frontera. Ya en la derrota del nazismo en la Segunda Guerra Mundial, las imágenes de cadáveres se utilizaron como forma de castigo a los propios alemanes:

Tras este texto del libro Desconfiar de las imágenes, de Harun Farocki, creo que es buena idea recomendar su película El fuego inextinguible, del que ya en el comienzo lanza la pregunta:

“¿Cómo mostrar imágenes del Napalm? Si mostramos imágenes de quemaduras por Napalm, cerrarán los ojos. Primero cerrarán los ojos ante las imágenes, luego cerrarán los ojos ante la memoria, luego cerrarán los ojos ante los hechos, luego cerrarán los ojos ante todo el contexto.”

Conocer a este artista y cineasta, que no era fotoperiodista, me ha servido de mucho para comprender que las imágenes de violencia también son armas. Tienen una función más allá de la mera información, crean un efecto en quienes las ven. Como dice María Acaso:

“Las imágenes no solo relatan o dicen mensajes, sino que las imágenes hacen”

No es nada extraño, teniendo en cuenta que nuestra percepción de la realidad es una construcción permanente, es fácil comprender que, siendo animales mayoritariamente visuales, las imágenes nos modifican, influyen y condicionan, incluso nos dominan. De ahí que me parezca fundamental tratar de convencer a quienes participan activamente en la construcción de la realidad de manera masiva:

“Si cambiáramos nuestra percepción del mundo, cambiaríamos su estructura y las cosas serían de otra manera…”

Lo dice Ana Rossetti aquí,  y ojalá se lo aplicaran fotoperiodistas, no solo artistas. Ojalá pudiera llegar a quienes dominan el discurso con la gente más joven, hay quien afirma que vivimos en La dictadura del videoclip. En el caso de fotoperiodismo me duele especialmente la enorme cerrazón y nostalgia de tiempos pasados de quienes viven de ello o lo pretenden. Viven anclados a una idea de servicio al público que no tiene ningún sentido hoy en día. No sé si lo tuvo antes, desde luego ha sido importante, pero me parece innegable reconocer que hoy no domina nuestro imaginario. Intentar aferrarse a un papel extinto a toda costacomo gato panzarriba, me parece irresponsable, y más desde una posición de tanta repercusión y supuesto servicio a la ciudadanía.

Responder a un acto de violencia con imágenes violentas seguramente sea un error, y más en un caso como el de Barcelona. No hace sino alimentar una dinámica que busca precisamente eso, aunque quienes originen estos actos estén también usando otras herramientas más de nuestro tiempo, al final la violencia es el motor, tanto desde la ficción más evidente como desde la provocación a los mass media.

En esta confrontación o lucha por dominar el imaginario estamos actuando en modo automático, llevamos décadas haciéndolo, es lo que nos han contado que hay que hacer, pero no hemos tomado consciencia de lo que significa ni a qué sirve esa dinámica. Como dice Remedios Zafra en Ojos y capital, debemos tomar consciencia de una mirada programada en una escala de blancos y negros, “que perpetúa un sistema del que renegamos pero formamos parte, del que no sabemos salir sin mutilarnos ni ensangrentar el cambio.”

Hay quien propone alternativas, por ejemplo Úrsula K. Le Guin:

Y repito, nuestra percepción de la realidad es una construcción, percibimos la ficción al mismo nivel que cualquier otro mensaje. Intervenir en el imaginario con herramientas agotadas y obsoletas es perder el tiempo, incluso caemos en alimentar aún más la peor de sus dinámicas como es el de la violencia, todo por sostener una posición tendente a la desaparición e irrelevancia.

Es muy difícil saber cómo reaccionar ante episodios tan desgarradores como el de Las Ramblas de Barcelona. Pero mucha gente supo cómo hacerlo en positivo, desde lo simbólico hasta lo más práctico, incluso hubo quien puso en cuestión el uso de imágenes violentas desde los medios de comunicación actuando en consecuencia:

Ante estos gestos siempre habrá quien reaccione con desprecio, soberbia o incluso violencia, pero me parece una irresponsabilidad dejarse llevar por estas reacciones y creer que es la única salida posible, no digo que no haya que reaccionar o incluso confrontar, pero seamos conscientes de que podemos crear otras formas de respuesta, incluso en la prevención de actos así.

Con todos estos precedentes, retomo la pregunta del titular ¿Es posible un cambio constructivo en el fotoperiodismo? Y creo que las posibles respuestas pasan por asumir que quienes están dominando el discurso visual son otros, que las herramientas están obsoletas y no hacen sino generar más problemas y, ya puestos a reconocer errores, que el medio fotoperiodístico está dominado por la testosterona, por la mirada del patriarcado y por la falta de autocrítica y de cesión de espacio a otros modos de ver.

Sin estos primeros pasos, veo realmente difícil llegar a nada que no sea la autodestrucción del fotoperiodismo hacia la irrelevancia total.

 

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