El mejor fotolibro es el árbol. A partir del texto On Books de Vilem Flusser

Sobre on books de vilem flusser, por Olmo Gonzalez

El fotolibro más eficaz energéticamente hablando es el árbol. Puede pesar toneladas, pero se mece con el viento, y se levanta varios metros sobre el suelo, absorbiendo la luz a través de sus hojas, mientras lo atraviesa con sus raíces aprovechando el material inorgánico del subsuelo. Todo para producir materia orgánica, en un milagro de la naturaleza llamada fotosíntesis que el ser humano no ha sido capaz de emular en laboratorio.

Un fotolibro es un conjunto de hojas con cierta unidad que sirven de soporte a fotografías. Definiendo fotografía como “técnica de obtención de imágenes por la acción química de la luz sobre una superficie”, y ampliando este concepto de fotografía a la fijación de la luz para obtención de información, en el término acogido por Flusser directamente de la Cibernética de Norbert Wiener, como una reacción anómala a la entropía o una situación poco probable, las ramas llenas de hojas de los árboles, que hacen las veces de soporte a modo de libro, fijan la información por la acción química de la luz sobre la superficie de las hojas, ya no en forma de imágenes, sino en alimento. Un árbol aprovecha la luz solar, la materia prima de la fotografía, no solo para fijar y producir información cultural o documento, la fotosíntesis produce alimento en forma de glucosa, la culminación del proceso de información sobre la Tierra junto con la replicación del ADN. Ni toda la humanidad consciente de sí misma ha logrado tal nivel de eficacia.

En su texto On Books, Vilem Flusser habla del libro de texto como algo innecesario a día de hoy, con lo que se puede estar de acuerdo o no, en cambio, ¿hay algo más necesario que un árbol? Transforma el CO2 en Oxígeno, favorece la formación de nubes, afianza el suelo contra riadas, acoge nidos, nos da sombra y, en ocasiones, también frutos. Cortamos un árbol para producir 1000 libros de 100 páginas, cuando el árbol contiene más información que los libros que se van a imprimir en serie, todos iguales entre sí, redundantes y entrópicos por antonomasia, simplemente para diseminar su contenido en todas direcciones. Pero el coste energético y económico necesario para desplazar esos ejemplares es muy superior al necesario para que las semillas de un árbol lleguen lejos con el viento o gracias los insectos y animales. Por no hablar de que un libro necesita activarse con alguien que lo lea y lo entienda. Una semilla solo necesita agua y suelo para replicarse.

Flusser confronta al libro con dispositivos de un futuro próximo, que ya es nuestro presente, interconectados por todo el mundo en tiempo real, manejados digitalmente, en el sentido de los unos y ceros y de los dedos que aprietan teclas. Pero un libro es completamente reciclable frente a los móviles y ordenadores que no son más que basura inútil y contaminante en potencia, con solo un par de años de vida óptima, 5 a lo sumo ¿Cuántos de esos dispositivos podríamos dejar en herencia a nuestras hijas e hijos?¿Y cuántos libros a nuestras nietas y bisnietas? En cambio los árboles estarán ahí, viéndonos envejecer una generación tras otra.

Los árboles son programas vivos, autorreplicantes, que se comunican entre sí a través de sus raíces con ayuda de hongos, que transmiten su conocimiento y experiencia a los más jóvenes en un sistema enormemente más eficaz que la actual internet humana. La eficacia de los árboles es tal que, en cuanto aparecieron por evolución y anomalía estadística, las células de la madera no tuvieron depredador en forma de bacterias u hongos durante millones de años, al comienzo del carbonífero, hasta el punto que los troncos quedaban sepultados unos sobre otros al morir los árboles de viejos. En todo el planeta existe una capa sedimentaria negra de restos de árboles jamás devorados por los microorganismos, que hoy en día seguimos aprovechando en forma de carbón miles de millones de años después, tal es la enorme eficacia energética de estos seres en producir información, en fijar la energía en el tiempo para escapar de la Segunda Ley de la Termodinámica.

Se podría decir que los árboles siguen siendo de los programas más eficaces productores de información pese a la humanidad, de hecho, el mayor depredador de los árboles somos lo propios seres humanos. Se estima que en la Tierra hay alrededor de 3 billones de árboles, y su cantidad se redujo un 46% desde que comenzó la civilización humana. Cortar un árbol para producir libros es todo un atrevimiento, pero queda el consuelo de la perdurabilidad relativa de los ejemplares, de su potencial transmisor de información al nivel de la comprensión humana, quizás para convencernos de talar los menos árboles posibles o, por lo menos, no comprar el móvil de última generación antes de que se le acabe la vida útil al nuestro.

Olmo González Moriana, 2 de julio 2020

Nota: Esta reflexión está inspirada en el texto On Books de Vilem Flusser que Julián Barón nos puso de ejemplo en su taller SER LIBRO de junio y julio de 2020.

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